
5 OCT, 2023

Clément Inbona, Fund Manager de La Financière de l’Echiquier
Las subidas de los tipos de la Fed y el BCE han puesto fin al dulce paréntesis de los tipos de interés casi nulos en los estados considerados sólidos. Así pues, se abre una nueva era: la de los tipos de interés más altos, que exige políticas presupuestarias más rigurosas, puesto que la carga de la deuda se hará cada vez más pesada con el paso del tiempo y las refinanciaciones.
Estábamos sumidos en el sopor del mes de agosto cuando la agencia Fitch Ratings rebajó la calificación crediticia de EE. UU., haciéndole perder la triple A, el escalón más seguro, y desató la estupefacción y la polémica. Sin embargo, dos meses más tarde, los hechos parecen darle la razón: por vigésima segunda vez en menos de 50 años, EE. UU. vuelve a bordear el shutdown —el cierre de la administración pública— por falta de acuerdo presupuestario en el Congreso. Ese era, por cierto, uno de los principales argumentos esgrimidos por la agencia de calificación en su decisión, motivada principalmente por «la erosión de la gobernanza durante las dos últimas décadas, que se ha materializado en constantes enfrentamientos en relación con el techo de la deuda y acuerdos de última hora».
Tildada de «extraña» y «absurda» por el exsecretario del Tesoro Larry Summers, hoy esta decisión se antoja lógica y lúcida. Lógica, porque el sistema político estadounidense es singular, en el sentido de que las negociaciones presupuestarias y las que atañen al techo de la deuda suelen servir como toma de rehenes políticos en ausencia de mayoría en el Congreso. Y también lúcida, ya que, a pesar de que el crecimiento fue mayor de lo previsto en el primer semestre de 2023, el déficit podría alcanzar el 6 % este año y los dos años siguientes, una trayectoria presupuestaria poco sostenible a largo plazo. Otra razón son los tipos de interés, que ya estaban altos a comienzos de agosto y no han dejado de subir durante las últimas semanas hasta alcanzar el 4,65 % en el bono a 10 años de EE. UU., lo que hace un poco más gravosa la carga de la deuda estadounidense.
Un shutdown haría correr un doble riesgo a la economía estadounidense: el primero es una nueva degradación de su perfil crediticio por parte de Moody’s, la última agencia de calificación que todavía sitúa a EE. UU. en el nivel más seguro para un emisor; y el segundo afecta a la Fed, ya que, en caso de cierre de la administración, el banco central sufriría un ataque de ceguera. Al no recibir financiación, las agencias gubernamentales van a dejar de elaborar estadísticas oficiales sobre la inflación u otros indicadores, como el mercado laboral. En un momento en el que la Fed se declara más «dato-dependiente» que nunca, ¿cómo va a poder tomar decisiones fundamentadas a ciegas?
En definitiva, a diferencia del resto de los agentes económicos, teóricamente un estado teoría una duración infinita, por lo tanto, no es el nivel de deuda el que determina el coste del endeudamiento (el tipo de interés), sino la sostenibilidad de su trayectoria presupuestaria. Esta trayectoria prevista no debe tender hacia el infinito, so pena de dar lugar a un tipo de interés prohibitivo y acelerar esa huida hacia adelante. Ya sea en EE. UU. o al otro lado del Atlántico, los estados deben aclimatarse a este nuevo entorno de tipos positivos y lidiar con este lastre de deuda más pesado y más costoso que nunca; de lo contrario, podrían sufrir los embates de las agencias de calificación y los mercados.