
13 JUL, 2026
Por RankiaPro LATAM

Durante más de una década, los bancos centrales de América Latina miraron a Washington antes de tomar cualquier decisión de política monetaria. La Fed marcaba el ritmo y la región seguía el compás. Ese paradigma ha cambiado. Tras la pandemia, Brasil, Chile, Colombia, Perú y Uruguay demostraron que podían anticipar los movimientos de la Reserva Federal, gestionar sus propios ciclos inflacionarios con mayor autonomía y responder a shocks idiosincráticos sin esperar la señal de Washington. Hoy, con la Fed manteniendo tasas mientras algunos bancos centrales de la región recortan y otros endurecen, la divergencia es evidente. La gran pregunta ya no es solo cuándo moverá ficha la Fed, sino en qué fase del ciclo se encuentra cada economía latinoamericana.
Eso no significa que la región haya dejado de orbitar en torno a Estados Unidos. Las condiciones financieras globales, los movimientos del dólar y el apetito internacional por riesgo siguen siendo determinantes. Pero el margen de maniobra de los bancos centrales latinoamericanos es hoy mayor que en cualquier momento de las últimas décadas, y eso tiene implicaciones directas para la construcción de carteras. Cuando los ciclos monetarios divergen, desaparece el "trade" único para LATAM y aparece la necesidad de un análisis país por país, activo por activo. Las tasas reales siguen siendo elevadas en varios mercados de la región, los spreads de la deuda local ofrecen carry difícil de encontrar en el mundo desarrollado y las valoraciones de la renta variable latinoamericana mantienen un descuento que pocos mercados pueden exhibir hoy.
En esta edición, tres expertos de GLETIR, Moneda Patria Investments y Vinci Compass analizan qué hay detrás de esta divergencia, qué la sostiene y, sobre todo, cómo construir cartera en un entorno donde los bancos centrales de LATAM miran cada vez más sus propias dinámicas internas, sin perder de vista el telón de fondo global que sigue marcando los límites.
Hoy, cuando los mercados financieros globales están llenos de ruido y precios altos, América Latina aparece como una opción interesante. En Estados Unidos y Europa, muchos activos se ven caros. En cambio, en nuestra región todavía hay valor, sobre todo si se mira el rendimiento que pagan los bonos y los precios de las acciones.

En los últimos meses, América Latina ha pasado por pruebas importantes. El conflicto en Medio Oriente y el alza inicial (y posterior) del petróleo generaron nerviosismo. Aun así, los mercados locales reaccionaron mejor de lo esperado. Hubo caídas, pero fueron breves. Esto muestra que muchos riesgos ya estaban reflejados en los precios y que la región es más resistente de lo que suele creerse.
Hoy, los bonos latinoamericanos ofrecen spreads altos frente a los países desarrollados. Dicho en palabras simples: estos bonos pagan más por un riesgo que, en muchos casos, no es tan distinto al de economías del primer mundo. En países como Brasil y Chile, las tasas reales siguen siendo elevadas. Para un inversor paciente, esto es una oportunidad difícil de ignorar.
También hay valor en las acciones. Las bolsas de la región cotizan con descuentos frente a Estados Unidos y otros mercados emergentes. Los múltiplos son bajos, incluso en empresas bien gestionadas y con balances sólidos.
A esto se suman tendencias de largo plazo. América Latina es clave para la transición energética y el crecimiento de la tecnología. Produce cobre, litio y otros recursos muy demandados. Además, el cambio en las cadenas de suministro favorece a países cercanos a Estados Unidos, tanto por comercio como por inversión.
Sin desconocer los desafíos fiscales —en particular en Brasil y Colombia—, los mercados latinoamericanos parecen ofrecer hoy una combinación excepcional de alto carry, valuaciones atractivas y diversificación geopolítica. En un entorno donde el “valor” escasea, América Latina vuelve a merecer un lugar central en el portafolio global.
La gran divergencia: ¿Por qué los Bancos Centrales de Latam han dejado de mirar al Fed?

En los últimos meses se ha vuelto evidente una desincronización entre la política monetaria del Banco de la Reserva Federal (Fed) y la de varios bancos centrales de América Latina. Mientras el Fed ha optado por mantener su tasa de referencia sin cambios, en la región se observan decisiones divergentes: Brasil continúa con recortes, y México terminó recientemente con sus bajas, mientras que en Colombia el Banco Central sube la tasa agresivamente. Este contraste marca un quiebre respecto de la pauta histórica, en la que las autoridades monetarias latinoamericanas tendían a moverse en la misma dirección que el Fed.
Este episodio coincide con un escenario global incierto. La pausa del conflicto en Medio Oriente es frágil, y las presiones inflacionarias y de crecimiento que derivarán de él son difíciles de entender. Como resultado, los comunicados recientes de política monetaria han adoptado un tono más cauteloso a nivel global, pero con algunos bancos centrales latinoamericanos desacoplándose del Fed.
Una primera explicación de estas divergencias reside en las diferencias entre los mandatos de los bancos centrales. El Fed opera bajo un mandato dual de estabilidad de precios y pleno empleo, mientras que en América Latina los bancos centrales suelen concentrarse casi exclusivamente en el control de la inflación.
Las decisiones de política monetaria también están estrechamente condicionadas por el escenario económico local. Esto se observa con claridad en Colombia, donde el fuerte aumento del salario mínimo elevó las presiones inflacionarias y llevó al Banco Central a endurecer su postura. En Brasil, en cambio, el elevado nivel de la tasa de interés real (~9%) ha permitido continuar con el proceso de relajamiento monetario, incluso en un contexto externo más incierto.
No es la primera vez que se registra una desincronización entre la política monetaria local y la estadounidense, y la experiencia muestra que “llevar la contra” no está exento de costos. Un ejemplo reciente fue el inicio anticipado del ciclo de recortes en Chile en 2023, que, junto con otras fuentes de incertidumbre política interna, contribuyó a una depreciación del peso chileno que se extendió durante 2024.
Este episodio ilustra que el desacople no siempre es plenamente efectivo. En particular, los movimientos del tipo de cambio pueden reintroducir presiones inflacionarias y limitar el mecanismo de transmisión de la política monetaria. Además, las condiciones financieras regionales siguen estrechamente ligadas al entorno global: la renta fija latinoamericana mantiene una alta correlación con el desempeño de los bonos del Tesoro estadounidense, cuyos movimientos continúan guiando las tasas locales.
En definitiva, la gran divergencia no implica que América Latina haya dejado de orbitar en torno a Estados Unidos, sino que su trayectoria se ha vuelto momentáneamente menos sincronizada. Los bancos centrales de la región hoy miran más de cerca sus propias dinámicas
En los últimos años, se ha instalado la idea de una divergencia entre el comportamiento de los bancos centrales de América Latina y la FED, así como un relativo desacople de sus ciclos monetarios.

La percepción surge porque, en los años posteriores a la pandemia, los bancos centrales latinoamericanos no solo dejaron de seguir pasivamente a la FED, sino que incluso lograron anticipar varios de sus movimientos. Brasil, Chile, Colombia, Paraguay, Perú o Uruguay comenzaron sus ciclos de suba de tasas a mediados de 2021, cuando la Reserva Federal recién inició el suyo nueve meses después. Esto les permitió reaccionar con mayor rapidez y parsimonia frente al mayor shock inflacionario global de las últimas cuatro décadas. Algo similar ocurrió con el relajamiento monetario posterior: varios bancos centrales de la región comenzaron a recortar tasas a principios de 2023, mientras que la FED recién inició ese proceso un año más tarde.
Este comportamiento no es casualidad, sino el resultado de cambios estructurales acumulados durante las últimas décadas. En primer lugar, la inflación dejó de ser el principal desequilibrio macroeconómico de la región, tras décadas de inestabilidad. En segundo lugar, la consolidación de regímenes de metas de inflación y el cumplimiento sostenido de los objetivos inflacionarios (en torno al 3%) fortalecieron la credibilidad de los bancos centrales y el anclaje de expectativas de los agentes. En tercer lugar, los mecanismos de transmisión de la política monetaria, particularmente el canal de tasas, ganaron profundidad y efectividad a medida que se desarrollaron los mercados financieros domésticos. Finalmente, la comunicación monetaria se volvió más clara y predecible, incorporando las mejores prácticas internacionales.
En conjunto, estos factores ampliaron su margen de maniobra, permitiéndoles desplegar una política monetaria más potente y autónoma frente al ciclo global. Potente para amortiguar expansiones y recesiones de manera contracíclica. Autónoma para responder a shocks idiosincráticos sin depender exclusivamente de las condiciones financieras internacionales.
Al mismo tiempo, la FED también cambió. En los últimos años, se volvió más “data dependiente”, más cautelosa frente a episodios de volatilidad financiera y más tolerante a desvíos temporales de la inflación. Esto llevó a que, en varias ocasiones, sus decisiones se apartaran de lo sugerido por sus reglas monetarias, dificultando su forward guidance hacia el mercado.
La combinación de estos elementos tiene implicancias relevantes para los portafolios globales. Cuando los ciclos monetarios latinoamericanos se adelantan, las tasas reales de la región tienden a volverse atractivas antes que en Estados Unidos. Esto mejora el retorno esperado de los activos en moneda local, especialmente cuando las expectativas de depreciación cambiaria y las primas de riesgo permanecen contenidas.
Sin embargo, la región continúa siendo tomadora de precios en los mercados internacionales y sigue expuesta a shocks externos, particularmente a movimientos abruptos en las tasas largas, el dólar o el apetito global por riesgo. La diferencia es que hoy los bancos centrales latinoamericanos parecen contar con mayor capacidad para anticipar esos movimientos y reaccionar de manera preventiva.
Para los inversores, esto implica un cambio relevante. La clave ya no pasa únicamente por anticipar los movimientos de la FED, sino por identificar en qué fase del ciclo monetario se encuentra cada economía latinoamericana.