
19 OCT, 2026

América Latina necesita inversión para fortalecer su productividad, ampliar empresas y desarrollar nuevos mercados. Pero existe una pregunta tan importante como la disponibilidad de recursos: ¿cuántas compañías están realmente preparadas para recibir capital institucional?
Una empresa puede ser rentable y no constituir una inversión atractiva. Un fondo puede disponer de recursos y no encontrar oportunidades compatibles con sus objetivos. Esta aparente contradicción revela una dimensión fundamental del desarrollo financiero: el potencial empresarial no se convierte automáticamente en una oportunidad de inversión.
Según LAVCA, durante 2023 se invirtieron US$15.500 millones en 1.056 operaciones de capital privado latinoamericano, considerando private equity, capital de riesgo, infraestructura y crédito privado. El dato evidencia actividad inversora, pero también recuerda que los mercados privados reúnen estrategias con características muy diferentes.
La selección de gestores constituye otra dimensión relevante. Un análisis de LAVCA publicado en octubre de 2025 señala que los gestores experimentados concentraron el 80 % del capital captado en 2024 dentro del universo estudiado.
Esta concentración no demuestra por sí sola una escasez de empresas invertibles. Sin embargo, permite introducir una pregunta importante: ¿cómo pueden desarrollarse nuevas capacidades empresariales y de gestión que amplíen las oportunidades para el capital institucional?
El private equity puede aportar capital, experiencia estratégica, gobierno corporativo y capacidades de transformación empresarial. Pero su éxito no depende únicamente del crecimiento de las ventas o del EBITDA.
Una compañía puede incrementar sus utilidades y, simultáneamente, comprometer recursos en inversiones cuyo retorno no compensa adecuadamente el costo del capital. Por eso, la creación de valor exige comprender la generación de caja, la productividad de los activos, el capital de trabajo y las necesidades futuras de financiamiento.
Steven Kaplan y Per Strömberg, en su investigación Leveraged Buyouts and Private Equity (2009), examinan la economía de estas operaciones, incluyendo las estructuras financieras y los mecanismos de gobierno.
Para los gestores, resulta fundamental diferenciar tres fuentes de retorno: mejoras operativas, efectos del apalancamiento y variaciones de los múltiplos de valoración. Una inversión que depende exclusivamente de vender más caro puede ser considerablemente más vulnerable que otra respaldada por mejoras económicas verificables.
En Perú y otros mercados latinoamericanos, las empresas medianas y familiares ofrecen oportunidades que merecen atención. Muchas cuentan con experiencia comercial, relaciones consolidadas y conocimiento profundo de sus mercados.
Sin embargo, algunas enfrentan desafíos de profesionalización, sucesión, calidad de información o separación entre propiedad y gestión.
La entrada de capital institucional puede requerir estados financieros verificables, mecanismos de gobierno efectivos, derechos claros para los inversionistas y disciplina en la asignación de recursos.
La profesionalización no debería interpretarse como una renuncia a la identidad empresarial. Puede convertirse en una oportunidad para fortalecer continuidad, competitividad y capacidad de crecimiento.
Propongo utilizar el concepto brecha de acceso al capital institucional —o brecha de invertibilidad— para analizar la distancia entre el potencial económico de una compañía y las condiciones necesarias para convertirla en una inversión aceptable.
Esta brecha no depende solamente de la empresa. También intervienen el precio de adquisición, la estructura de capital, el horizonte del fondo, las condiciones del mercado y las alternativas de salida.
Una compañía puede resultar atractiva para un gestor especializado en transformación empresarial y no cumplir el mandato de otro inversionista.
Por ello, propongo desarrollar una arquitectura de invertibilidad que integre cinco dimensiones: generación de valor, información confiable, gobierno corporativo, estructuración financiera y compatibilidad con el capital institucional.
El objetivo no consiste en preparar indiscriminadamente a todas las empresas para recibir inversión. Consiste en identificar cuáles poseen fundamentos suficientes, cuáles requieren transformaciones y cuáles no ofrecen una relación riesgo-retorno adecuada.
La relación entre inversionistas internacionales y empresas latinoamericanas puede facilitar coinversiones, expansión empresarial y transferencia de capacidades. Sin embargo, conectar mercados exige mucho más que identificar oportunidades.
Se necesitan estructuras jurídicas apropiadas, información transparente, gestores especializados y estrategias de salida realistas.
Para los responsables de políticas públicas, el desafío incluye fortalecer la seguridad jurídica, la competencia y las condiciones institucionales que favorezcan la inversión productiva.
Durante años, la conversación financiera latinoamericana se ha concentrado en cuánto capital puede atraerse. Es una pregunta importante, pero incompleta.
También debemos preguntarnos cuántas empresas están preparadas para transformar ese capital en productividad, competitividad y retornos sostenibles.
El capital disponible no equivale a capital invertido; y el capital invertido no equivale necesariamente a valor creado.
Cerrar la brecha de invertibilidad requiere fortalecer empresas, mejorar estructuras financieras y construir confianza institucional.
El futuro del private equity latinoamericano no dependerá exclusivamente del tamaño de sus fondos, sino también de nuestra capacidad para transformar empresas prometedoras en organizaciones capaces de recibir, administrar y multiplicar capital con disciplina y visión de largo plazo.
Porque atraer capital puede financiar una etapa de crecimiento. Construir empresas capaces de crear valor sostenible es lo que puede transformar el futuro económico de una región.