
29 MAR, 2023
Por Chris Iggo

La economía es una ciencia social. Es el estudio de cómo las personas gestionan colectivamente recursos escasos para generar bienes y servicios que satisfagan las necesidades básicas y de otro tipo, y las empresas son componentes clave del ecosistema económico y social.
Las propias empresas son construcciones sociales: tienen sus propias organizaciones, interactúan con otros mediante la compra y la venta, y contribuyen al funcionamiento y el bienestar general de la sociedad. Al igual que es importante que los inversores piensen en la interacción del comportamiento económico humano con el medio ambiente, es igualmente importante pensar en cómo la producción y el consumo tienen un impacto en el bien social. Tener un prisma «social» en el análisis de la inversión es invertir bien. En este momento, dado que las rentas reales se ven afectadas por la elevada inflación, es más importante que nunca entender la huella social de las empresas en las que invertimos.
Los retornos de las inversiones a largo plazo en los mercados de renta variable están impulsados por el crecimiento de los ingresos corporativos y la rentabilidad. En crédito, estos están determinados por la solidez del flujo de caja y la salud de los balances de los emisores. Detrás de todo esto está la dinámica de costes e ingresos. Integrar la consideración de los factores sociales en la comprensión de las curvas de costes e ingresos de una empresa, así como sus operaciones y estrategia generales, puede dar a los inversores perspectivas adicionales y, por tanto, potencialmente ayudar a construir carteras de inversión a largo plazo más sostenibles.
Hay tres dimensiones a este respecto: Comprender los riesgos y eficiencias que pueden identificarse en la curva de costes; evaluar el potencial de impulso del crecimiento de los ingresos a través del atractivo social de los bienes y servicios; y analizar las contribuciones no financieras al bien social general. Toda actividad económica es el resultado del comportamiento humano, el cual afecta al bienestar humano, por lo que la «S» de los criterios ESG (medioambientales, sociales y de gobierno corporativo) es posiblemente la dimensión más importante. Después de todo, nos preocupamos por el cambio climático debido a su impacto a corto y largo plazo en nosotros y en nuestra capacidad para mantener una sociedad unida, saludable y económicamente viable.
Juzgar si una empresa es una inversión viable requiere una comprensión de la estructura de costes y los riesgos sustanciales a los que se enfrenta dicha empresa. El uso de un marco ESG permite a los inversores identificar los costes y riesgos importantes no financieros asociados a las operaciones de una empresa. La cuestión entonces es si esos costes se internalizan y tienen un impacto significativo en la cuenta de resultados. Ya estamos viendo cómo se internalizan los costes de las emisiones de carbono; las metodologías son cada vez más robustas y el marco político proporciona una estructura sólida para poner un coste en dólares a estos riesgos. En el ámbito social es más difícil, y para los inversores responsables supone todo un reto desarrollar un enfoque más sólido para identificar los riesgos sociales y su posible coste financiero.
La gestión de la mano de obra de una empresa (un activo clave en cualquier negocio) es quizás el punto de partida. Áreas como las políticas de remuneración, las prestaciones, las condiciones y el desarrollo de la mano de obra pueden contarnos mucho sobre la calidad de la gestión, pero también son áreas en las que pueden existir riesgos. Una empresa que paga un salario mínimo, utiliza contratos de «cero horas» y solo ofrece prestaciones mínimas, como la remuneración por enfermedad obligatoria, probablemente tenga una mano de obra menos productiva que un competidor que valore más su capital humano. Las implicaciones de los costes podrían ser altos niveles de rotación de personal, huelgas o litigios en el ámbito de las relaciones laborales.
La gestión del personal por parte de una empresa no es el único aspecto importante desde una perspectiva social. También es importante cómo sus productos y operaciones afectan a la sociedad. Los inversores también deben prestar atención a temas como la responsabilidad de productos, los posibles riesgos para la salud, la privacidad de los datos y la responsabilidad financiera. Son cuestiones generales que abogan por un enfoque activo a la inversión responsable. Solo entonces los inversores podrán evaluar el impacto sustancial de los riesgos para la empresa del impacto social de sus operaciones.
Ya hemos visto cómo las tabaqueras suelen excluirse de los universos de inversión responsable debido al impacto catastrófico que tienen sus productos en la salud de las personas. Se trata de un ejemplo extremo, pero las mejoras marginales en la rentabilidad de la inversión pueden basarse en entender a todos los niveles los riesgos asociados a un producto y las posibles externalidades negativas. La seguridad alimentaria, el contenido de los medios de comunicación (redes sociales), los estándares de construcción, las políticas generales de fijación de precios y la calidad del servicio al cliente son algunas de las muchas formas en que los productos, los servicios y las operaciones de las empresas pueden afectar al bienestar social general. Los gobiernos y los reguladores tienen que desempeñar su papel, pero los inversores deben entender la huella social de las empresas en las que invierten.
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