
23 JUN, 2026
Por Aitor Jauregui de BlackRock

La economía global está entrando en una fase decisiva de expansión de infraestructura. La transición hacia sistemas energéticos con bajas emisiones de carbono, el rápido avance de la inteligencia artificial y los centros de datos, y la reconfiguración de las cadenas de suministro globales están impulsando uno de los ciclos de inversión en infraestructura más relevantes de la historia reciente.
Estimaciones de instituciones públicas y privadas apuntan a que las necesidades de inversión seguirán siendo elevadas en las próximas décadas. En este contexto, BlackRock estima que el mundo requerirá alrededor de US$ 85 billones en infraestructura durante los próximos 15 años.
Sin embargo, a medida que la atención se centra cada vez más en la movilización de capital, una restricción crítica está cobrando mayor relevancia: la mano de obra. El financiamiento por sí solo ya no es suficiente para llevar a cabo el despliegue de infraestructura que la economía global requiere. La capacidad de ejecución —particularmente la disponibilidad de trabajadores calificados en los sectores de construcción, ingeniería, energía y manufactura avanzada— está emergiendo como una restricción vinculante.
Este ciclo de infraestructura difiere significativamente de episodios pasados. La inversión se concentra cada vez más en activos tecnológicamente complejos —desde sistemas de energía renovable y redes eléctricas hasta centros de datos y redes digitales— donde los cronogramas, la productividad y la resiliencia operativa dependen en gran medida de la calidad de la fuerza laboral. En este contexto, la escasez de mano de obra calificada no solo retrasa los proyectos; también eleva los costos, comprime los retornos y limita el ritmo al que se puede desplegar la infraestructura.
En varios mercados latinoamericanos, las inversiones a gran escala en generación de energía renovable e infraestructura de centros de datos están avanzando en paralelo. La ejecución de estos proyectos requiere no solo financiamiento, sino una fuerza laboral técnica cada vez más especializada —desde la integración de redes hasta sistemas eléctricos y mecánicos avanzados—, lo que resalta cuán estrechamente vinculados están los resultados de la infraestructura con el desarrollo del capital humano.
Esta dinámica refuerza la importancia de ver la inversión en infraestructura como parte de un ecosistema más amplio, en lugar de una clase de activo independiente. El despliegue de capital debe ir acompañado de inversión en capacitación, educación y desarrollo de la fuerza laboral, lo que a menudo requiere la coordinación entre el sector privado, los gobiernos y las instituciones educativas. Las regiones que logren alinear exitosamente el capital financiero con el desarrollo del capital humano estarán mejor posicionadas para convertir la inversión en ganancias económicas y de productividad duraderas.
También existen implicaciones macroeconómicas más amplias. En un momento en que muchas economías enfrentan poblaciones envejecidas y restricciones laborales estructurales, expandir los oficios calificados y las capacidades técnicas puede apoyar el crecimiento, mejorar la competitividad y fortalecer la transmisión de la inversión a gran escala hacia resultados económicos reales.
En última instancia, la próxima fase del auge de la infraestructura global no estará definida únicamente por la disponibilidad de capital, sino por la ejecución. Cerrar la brecha entre la ambición financiera y la entrega física requerirá un enfoque renovado en las personas —asegurando que la fuerza laboral necesaria para construir el futuro evolucione a la par del capital listo para financiarlo.