
15 JUL, 2026
Por RankiaPro

Autor: Bas Fransen, Director de Mercado de Capitales de Caja Ingenieros
Entramos en la recta final de 2026 con una sensación que, para quienes llevamos años analizando los mercados de capitales, resulta a la vez familiar e inédita. Familiar porque la volatilidad geopolítica sigue siendo el telón de fondo de cualquier análisis económico. Inédita porque el mapa que se está dibujando - un orden multipolar más fragmentado, una transición energética acelerada y la irrupción real de la inteligencia artificial en la economía - no tiene precedentes claros en ciclos anteriores.
Desde Caja Ingenieros llevamos meses construyendo nuestra visión para esta segunda mitad del año. Lo hacemos, como siempre, desde la lógica cooperativa que define nuestro modelo: no somos una entidad que gestiona las finanzas de sus clientes, sino una cooperativa que asesora a sus socios y socias que son propietarios. Esa diferencia condiciona profundamente cómo analizamos el entorno y qué tipo de asesoramiento ofrecemos.
Y la conclusión principal es esta: estamos ante un entorno exigente, pero sin recesión en el escenario base. Un año que hemos denominado internamente "el año de la revelación", porque 2026 está poniendo a prueba la solidez de las narrativas económicas que se construyeron tras la pandemia y el ciclo de subidas de tipos.
El principal factor de riesgo que monitorizamos es de naturaleza geopolítica. Las tensiones en torno a Irán merecen atención particular. El Estrecho de Ormuz es una arteria crítica del comercio mundial: por él transita aproximadamente el 20 % del petróleo y el 25 % del gas natural a escala global. Cualquier escalada en la zona tiene el potencial de sacudir los mercados de materias primas, con efecto directo sobre la inflación energética y, por extensión, sobre los márgenes empresariales y la política monetaria.
Dicho esto, la exposición de la economía global a estos choques es hoy estructuralmente menor que en crisis anteriores. La normalización de tipos tras el ciclo 2022-2024 ha eliminado las condiciones de liquidez extraordinaria que amplificaron el impacto inflacionista de aquel período. Además, la transición energética está diversificando el mix de generación en muchas economías desarrolladas, lo que actúa como amortiguador. España es un ejemplo especialmente relevante: con un 55 % de generación eléctrica procedente de renovables, frente al 43 % de media en la UE, nuestro país tiene una ventaja comparativa que reduce la transmisión del precio del petróleo a la economía doméstica.
El contexto internacional está impulsando a Europa a acelerar su redefinición estratégica. La inversión en competitividad, defensa, infraestructuras y transición energética está ganando peso en las agendas presupuestarias de los principales países del continente, en un proceso que responde tanto a la lógica de la autonomía económica como a las presiones derivadas de un entorno comercial cada vez más proteccionista.
Las tensiones arancelarias con Estados Unidos siguen siendo un factor de incertidumbre para el comercio global en la segunda mitad del año. Los mercados de capitales seguirán expuestos a episodios de volatilidad derivados de esta reconfiguración del orden económico global, aunque con una inflación más contenida que en ciclos anteriores como 2022-23. La combinación de un entorno monetario normalizado, la resiliencia de la economía global y el avance en la transición energética ofrece un marco distinto al de años recientes, en el que los inversores deberán prestar especial atención a los cambios estructurales que están redefiniendo los flujos de capital.
Uno de los datos más llamativos que arroja nuestro análisis comparado es el diferencial de crecimiento de España respecto a otras economías desarrolladas. Desde 2021, el PIB español ha crecido de forma acumulada muy por encima de Francia, Alemania, Italia o el Reino Unido, acercándose incluso al ritmo de Estados Unidos.
Gran parte de ese dinamismo tiene una explicación demográfica: el crecimiento poblacional explica más de la mitad del avance del PIB español en el período 2018-2025. Esto no resta valor al dato, pero sí obliga a ser rigurosos a la hora de evaluar la sostenibilidad del modelo productivo. La buena noticia es que la productividad por hora trabajada también ha ido creciendo, y que los servicios no turísticos como consultoría, tecnología o transporte - frecuentemente ignorados en el debate público - están contribuyendo de forma significativa y creciente tanto al PIB como al saldo exterior.
La pregunta que sí genera más incertidumbre es la del mercado inmobiliario. Los precios de la vivienda llevan repuntando con fuerza desde el Covid, con tasas de variación interanual que han llegado a superar el 13 %. La vivienda es ya la primera preocupación de los ciudadanos según el CIS, con un 42,6 % de menciones, por encima incluso de la economía en general. Sin embargo, los datos de apalancamiento no muestran señales de exuberancia comparables a las de 2007: la ratio de hipotecas concedidas sobre transacciones inmobiliarias se ha mantenido contenida, y tanto hogares como empresas han reducido de forma muy significante su deuda en porcentaje del PIB en los últimos años. La generalización de las hipotecas a tipo fijo también aporta un factor de estabilidad que no existía en el ciclo anterior.
Sería un error analizar las perspectivas del segundo semestre sin abordar el impacto de la inteligencia artificial. Más allá del debate sobre valoraciones y ciclos de inversión en el sector tecnológico, la IA está teniendo ya un efecto real y medible sobre la productividad y los márgenes empresariales, especialmente entre las grandes compañías que lideran su adopción. Este impacto se espera que se intensifique en los próximos trimestres, contribuyendo al crecimiento de los beneficios por acción en renta variable global.
El reto para los inversores no es identificar si la IA es relevante —ya que, ya lo es—, sino gestionar adecuadamente los riesgos asociados a ciclos de fuerte innovación e inversión en entornos de mercado con valoraciones ajustadas, especialmente en Estados Unidos, donde el margen de sorpresa positiva es limitado.
El análisis macro tiene una traducción directa a la economía de las familias. La inflación sigue erosionando el poder adquisitivo del ahorro, y eso exige decisiones más informadas y una planificación más rigurosa. Desde Caja Ingenieros, entendemos que nuestro papel no termina en el análisis de mercados: llega hasta el socio o la socia concreta que necesita entender cómo todo esto afecta a sus finanzas personales, su capacidad de ahorro y sus objetivos de largo plazo.
Este es el núcleo del modelo cooperativo aplicado a las finanzas: no se trata de ofrecer productos, sino de acompañar a las personas en sus decisiones. En tiempos de ruido, ese acompañamiento marca la diferencia entre reaccionar impulsivamente al corto plazo y mantener el rumbo hacia los objetivos que realmente importan.
En un mundo que se reordena, la información y el análisis riguroso son activos valiosos. Pero lo son mucho más cuando van unidos a una relación de confianza construida a lo largo del tiempo. Eso es, en esencia, lo que llevamos casi seis décadas haciendo.