
10 JUN, 2026
Por Pictet AM

A nivel global, las sociedades avanzan hacia un profundo cambio demográfico caracterizado por el descenso sostenido de la natalidad. En 1950, la tasa de fecundidad mundial se situaba en torno a cinco hijos por mujer; hoy ha caído hasta aproximadamente 2,3, apenas por encima del nivel de reemplazo (2,1) y en descenso continuo. Más de dos tercios de la población mundial vive ya en países con tasas inferiores al nivel de reemplazo.
Algunos casos ilustran la magnitud del fenómeno: Corea del Sur registra una tasa de 0,8 —la más baja del mundo—, China ronda el 1,0, y Europa se sitúa entre 1,0 y 1,6, con una media de la UE en 2024 de 1,34. Incluso Estados Unidos, tradicionalmente más dinámico demográficamente, ha descendido a 1,6. Este contexto apunta hacia un envejecimiento acelerado de la población y, en muchos casos, a una contracción demográfica.
Las consecuencias ya son visibles. China ha registrado descensos de población durante varios años consecutivos, con previsiones de continuar esta tendencia hasta mediados de siglo. Japón ofrece otro ejemplo claro: su población en edad laboral alcanzó su máximo en 1995 y desde entonces ha disminuido significativamente, con previsiones de seguir reduciéndose de forma sustancial. A escala global, se espera que más países experimenten caídas de población en las próximas décadas, mientras que la proporción de personas mayores de 65 años aumentará considerablemente.
Este cambio demográfico tiene implicaciones económicas significativas: menos trabajadores disponibles, menor base fiscal para sostener sistemas de pensiones y sanidad, y una presión creciente sobre el crecimiento económico. Ante este escenario, surge una cuestión clave: ¿puede la tecnología, en particular la automatización y la inteligencia artificial (IA), compensar la escasez de mano de obra?
Históricamente, la reducción de la fuerza laboral ha sido un catalizador para la adopción tecnológica. Cuando la mano de obra es abundante y barata, los incentivos para invertir en automatización son limitados; sin embargo, cuando escasea o se encarece, las empresas tienden a sustituir trabajo humano por maquinaria.
Ejemplos históricos ilustran esta dinámica. Tras la gran inundación del Misisipi en 1927, muchas zonas agrícolas del sur de Estados Unidos perdieron una gran parte de su mano de obra. Lejos de reducir la producción, los propietarios adoptaron maquinaria agrícola para compensar esta escasez. De forma similar, tras la Primera Guerra Mundial, la pérdida de población masculina en Francia impulsó una ola de mecanización en la agricultura y la industria.
Estos episodios reflejan un patrón común: la escasez de trabajo impulsa cambios tecnológicos que, en otras circunstancias, habrían tardado décadas en producirse.
Este mismo mecanismo está operando en las economías modernas. Investigaciones recientes muestran una relación clara entre el envejecimiento de la población y la adopción de robots industriales. Países con mayor presión demográfica —es decir, con menos población en edad de trabajar— tienden a invertir más en automatización.
El proceso es relativamente sencillo: a medida que disminuye la oferta de trabajo, los salarios aumentan y las empresas tienen dificultades para cubrir puestos, especialmente en tareas rutinarias. En este contexto, los robots se convierten en una alternativa económicamente viable. Japón es el ejemplo paradigmático: con una disminución prolongada de su población activa, se ha convertido en una de las economías más robotizadas del mundo.
No obstante, hasta ahora esta automatización se ha concentrado principalmente en la industria manufacturera, donde las tareas son repetitivas y se desarrollan en entornos controlados. Sin embargo, el peso de la manufactura en el empleo total es relativamente reducido en las economías avanzadas. La mayor parte del empleo —y del desafío demográfico— se encuentra en el sector servicios.
Durante décadas, la automatización en servicios ha estado limitada por barreras tecnológicas, en particular en el ámbito de la percepción y la cognición. Los robots industriales son eficaces en tareas estructuradas, pero carecen de la capacidad para desenvolverse en entornos complejos, interpretar instrucciones ambiguas o interactuar con humanos de forma flexible.
Sin embargo, esta limitación está empezando a superarse gracias a dos avances clave. En primer lugar, el rápido desarrollo de la inteligencia artificial, especialmente de modelos avanzados de lenguaje y visión, permite a las máquinas interpretar su entorno y tomar decisiones en situaciones variadas. En segundo lugar, el desarrollo de robots humanoides y de propósito general está ampliando el ámbito de aplicación de la automatización hacia entornos no estructurados, como hospitales, tiendas o espacios públicos.
Empresas tecnológicas están invirtiendo intensamente en estos desarrollos, con el objetivo de crear robots capaces de realizar tareas como limpiar habitaciones, gestionar inventarios, asistir a pacientes o realizar entregas. Esto abre la puerta a mejoras de productividad en sectores como sanidad, logística, hostelería o comercio minorista, precisamente aquellos más afectados por el envejecimiento poblacional y la escasez de mano de obra.
El potencial de esta transformación es considerable. Mientras que el número de robots industriales ya es elevado, el mercado de robots humanoides podría expandirse rápidamente en la próxima década, impulsado por la amplia demanda del sector servicios. En economías envejecidas, donde hay cada vez menos trabajadores y más personas dependientes, la automatización se presenta como una solución cada vez más necesaria.
No obstante, esta transición no será inmediata ni exenta de retos. Los costes de los robots siguen siendo elevados, sus capacidades aún no igualan la versatilidad humana y existen importantes desafíos regulatorios y sociales. La integración de robots en entornos humanos plantea cuestiones sobre seguridad, empleo y aceptación social que requerirán una gestión cuidadosa.
A pesar de estas incertidumbres, la dirección general es clara. La demografía está generando una presión creciente sobre los mercados laborales, mientras que los avances en inteligencia artificial y robótica proporcionan las herramientas para responder a este desafío. La historia sugiere que la escasez de mano de obra acelera la adopción tecnológica, y es probable que este patrón se repita.
En este sentido, el envejecimiento de la población no solo representa un reto estructural, sino también un potente catalizador de innovación. El llamado “precipicio demográfico” podría convertirse, paradójicamente, en uno de los principales impulsores de la próxima gran ola de automatización.
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