
21 OCT, 2026
Por Leticia Rial de RankiaPro

Te presentamos a Marcos Hernández Aguado, Socio y Director de Inversiones (CIO) de SIA AM. Cuenta con más de 35 años de experiencia en renta variable cotizada. Comenzó su carrera en Crédit Agricole Cheuvreux en Madrid y posteriormente trabajó en Merrill Lynch en Londres.
Se incorporó a SIA Asset Management en 2008 como analista senior. Su enfoque de inversión está inspirado en la filosofía value de Benjamin Graham, Warren Buffett y Charlie Munger.
Marcos Hernández es licenciado en Ciencias Económicas y Empresariales por la Universidad Pontificia Comillas. Posee la acreditación de Qualified Financial Analyst otorgada por la Financial Services Authority (FSA) del Reino Unido.
Mi interés por las empresas viene de mi padre. Siempre hablaba de la importancia de crear negocios para el desarrollo del país y llegó a escribir un libro titulado Cómo crear una empresa. Desde pequeño me atrajo la idea de emprender, de ser empresario, aunque no tenía claro en qué sector. Me atraían las finanzas.
Por eso decidí estudiar Ciencias Económicas y Empresariales. Mi trayectoria acabó llevándome al análisis de renta variable, una profesión que me permitía profundizar en lo que más me interesaba: entender cómo funcionan los sectores y las compañías. Así empezó mi carrera en los mercados financieros, hace más de treinta años.
Probablemente habría intentado crear una empresa. No sabría decir en qué sector, pero sí que me habría gustado desarrollar un proyecto propio. En el fondo, esa inquietud empresarial sigue presente en mi trabajo: invertir a largo plazo exige entender una compañía con la mentalidad de propietario.
Al final he cumplido, o al menos me acerco, a ese objetivo de crear un negocio, tras el MBO que mis socios y yo hicimos al fundador de SIA AM en 2019. Tras la compra y la crisis del Covid19, estamos inmersos en un proyecto de convertir SIA en una gestora value de referencia, siempre a largo plazo.
A parte de disfrutar de familia y amigos, me gusta leer sobre economía y empresas (y alguna novela que otra para descansar) y practico running, bicicleta de montaña y esquí alpino. El deporte tiene un papel importante en mi vida porque la gestión de fondos exige convivir con mucho estrés, y tomar decisiones en un entorno de gran presión.
Salir a correr o montar en bicicleta me ayuda a despejar la cabeza y ordenar las ideas. Es un tiempo de reflexión, sin interrupciones, que también me permite volver al trabajo con más perspectiva, tremendamente útil en la toma de decisiones bajo presión.
Creo que afirmar que «la Bolsa está cara», como leemos todos los días en prensa y medios de comunicación, oculta cierta bifurcación existente en el mercado actual. Según nuestros modelos, las valoraciones más altas y exigentes se concentran en determinadas áreas de la tecnología y la industria. Fuera de ellas seguimos encontrando sectores y empresas con precios muy atractivos.
Nuestra convicción es que, después de unos quince años de protagonismo del growth, estamos entrando en una etapa más favorable para la inversión en value. Creemos que puede ser un cambio duradero, apoyado en un entorno de mayores necesidades de inversión real, con inflación y tipos de interés superiores a los de la década pasada. Ese escenario también podría favorecer a las materias primas y a las compañías de menor capitalización bursátil.
En cualquier caso, nuestra cartera se construye a partir del análisis fundamental de sectores y negocios. La visión del ciclo aporta contexto, pero no sustituye la calidad y la valoración de los negocios a largo plazo.
La capacidad de seleccionar empresas por sus fundamentales y mantener un criterio propio. Tras años de fuertes entradas en la gestión pasiva (índices, ETFs, etc.) creo que se abre una oportunidad para que la gestión activa vuelva a demostrar su valor.
Me preocupa especialmente la concentración de los grandes índices en un número reducido de compañías tecnológicas estadounidenses. Un inversor puede pensar que está muy diversificado por tener exposición a un índice global y, sin embargo, depender en gran medida de unas pocas empresas y de las expectativas en torno a la inteligencia artificial.
En ese contexto, la gestión activa y el value pueden aportar una diversificación real, buscando oportunidades en sectores y compañías que reciben menos atención. Para merecer ese espacio, los gestores debemos ofrecer una cartera de calidad, diferenciada, disciplina de valoración y una gestión del riesgo coherente.
Ha sido la base de mi trayectoria. Empecé a analizar empresas en 1992 y aquellos años me permitieron conocer sectores, modelos de negocio y entornos competitivos muy distintos. Aprendí a examinar las cuentas y, sobre todo, a entender qué hay detrás de ellas: cómo gana dinero una empresa, qué protege su rentabilidad y qué puede deteriorarla.
Esa experiencia también me enseñó cómo afectan los ciclos económicos a los beneficios y a las cotizaciones. Me ha ayudado a afrontar etapas tan difíciles como la crisis financiera de 2008/09 o la pandemia, procurando distinguir entre un problema temporal y un deterioro permanente del negocio.
Considero que esa formación como analista es una ventaja importante que buscamos trasladar a la gestión de nuestros dos fondos, SIA LTIF Classic y SIA LTIF Natural Resources.
Al principio de mi carrera prestaba demasiada atención al precio/valoración de las empresas y no la suficiente a la calidad del negocio. Una acción puede parecer barata y seguir siéndolo durante años si la empresa carece de ventajas competitivas, tiene un balance frágil o está mal gestionada.
Esa lección ha marcado mi evolución durante las últimas dos décadas hacia lo que denomino «value estratégico» o «value ajustado por riesgo». En SIA analizamos la estructura de los sectores y la posición competitiva de cada compañía antes de valorar la inversión.
Para cada empresa estimamos su valor intrínseco (IV), su rentabilidad anual esperada (TIR) y una categoría interna de riesgo (RCat), de forma análoga a las clasificaciones utilizadas en renta fija. Esto nos ayuda a decidir cuánto pagar y qué peso debe tener cada inversión en la cartera. No basta con identificar potencial de revalorización: hay que entender qué riesgos asumimos para obtenerlo y como estar bien diversificado.
Son fundamentales. Nuestra filosofía se resume en las cuatro «B»: buen negocio, buen equipo gestor, buen balance y buen precio. La calidad de la dirección es una parte esencial de ese análisis, y la asignación de capital está directamente relacionada con el equipo directivo.
Hablamos con los equipos directivos, seguimos su trayectoria y evaluamos sus decisiones. La asignación de capital es especialmente reveladora: dónde reinvierten, qué adquisiciones realizan, cómo gestionan la deuda y cuándo devuelven dinero al accionista. Un buen negocio puede perder valor si sus recursos se emplean mal.
Buscamos directivos disciplinados, con visión de largo plazo y cuyos intereses estén alineados con los de los accionistas minoritarios. Los buenos equipos no son infalibles, pero suelen cometer menos errores y aprovechar mejor las oportunidades.
Ambas cosas. Como herramienta, llevamos dos años incorporándola al análisis, a la relación con los inversores y a la gestión de la propia firma. Nos ayuda a agilizar tareas y procesar información, pero no sustituye el criterio ni la responsabilidad del gestor. Nuestra intención es seguir profundizando en su uso.
Como inversores, también debemos preguntarnos cómo cambia la posición competitiva de cada empresa en un entorno donde la IA va a ser cada vez más importante. La IA puede reforzar algunos negocios y debilitar otros al facilitar servicios que antes eran difíciles o costosos de replicar. Por tanto, obliga a revisar qué ventajas competitivas son realmente duraderas.
En SIA creemos que combinar estas herramientas con la experiencia y el juicio humano será una fuente de diferenciación. Nuestra independencia nos permite incorporarlas con ese objetivo.
Automatizar más no garantiza, por sí solo, mejores decisiones de inversión ni una mejor atención al cliente, como se puede apreciar en muchas grandes instituciones financieras que tienen ofrecen productos con rentabilidades mediocres que no necesariamente se alinean con el interés del inversor final.
Le recomendaría conocer al gestor y su equipo, entender bien cómo piensa, cómo valora las empresas y cómo construye la cartera. Las cifras son esenciales, pero también lo es comprobar que existe coherencia entre la filosofía que explica y las decisiones que toma, especialmente cuando el mercado le lleva la contraria.
También daría mucho peso a la rentabilidad a largo plazo, preferiblemente en periodos superiores a diez años y que incluyan distintos entornos de mercado. No miraría solo el resultado acumulado: también el riesgo asumido y las razones que explican ese resultado. Para mí, una de las claves está en distinguir qué parte de los resultados responde a un método de inversión que puede mantenerse y qué parte a un entorno temporalmente favorable.
“La rentabilidad pasada no garantiza la futura” es un concepto que se usa continuamente en los productos financieros, pero con la cual no estamos del todo de acuerdo. Nosotros pensamos que la rentabilidad pasada, a largo plazo, aporta una información tremendamente valiosa cuando se analiza junto con la continuidad del equipo y la consistencia del proceso. De hecho, estamos convencidos que los fondos de SIA sí van a poder repetir ese 10-12% de rentabilidad histórica a largo plazo.