
4 NOV, 2024

La producción de comida es esencial para la vida. Sin embargo, nuestras prácticas agrícolas y de suministro alimentario actuales pueden ser derrochadoras e insostenibles. Para asegurar el abastecimiento alimentario, la producción debe tornarse regenerativa y resiliente. Dicha transición requerirá soluciones innovadoras en toda la cadena de valor alimentaria y podría crear oportunidades a largo plazo.
Durante el siglo XX, la maximización de la producción fue el objetivo que permitió la popularización de ciertas prácticas agrícolas intensivas en recursos, cuya gran dependencia de fertilizantes, pesticidas y otros métodos insostenibles hace que no sean adecuadas de cara al futuro. Además de sus costes medioambientales inadmisibles y el alto volumen de emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) que generan a nivel global, estas prácticas están privando rápidamente al planeta de los recursos vitales necesarios para producir suficiente comida.
Por otra parte, un volumen desmesurado de los alimentos producidos también se despilfarra en todas las fases de la cadena de valor. Transcurrida casi una década desde que la reducción del desperdicio de comida se designara como uno de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) definidos por Naciones Unidas, el avance logrado en este ámbito ha sido escaso. La ONU estima que hasta un 39% de la comida producida a nivel mundial no llega a consumirse.
El logro de un sistema de producción alimentaria seguro de cara al futuro requiere implementar cambios de inmediato.
Dos factores están contribuyendo a propiciar el cambio. Conscientes de los costes sociales y financieros de la inseguridad alimentaria, varios países se han fijado objetivos para abordar el despilfarro de comida. Estados Unidos, Japón y Australia son algunos de los que se han propuesto expresamente reducir a la mitad la pérdida de alimentos de aquí a 2030, mientras que otras naciones han promulgado leyes al respecto. España, por ejemplo, obliga a las empresas que conforman la cadena de suministro alimentaria (salvo los pequeños comercios) a contar con programas de reducción del desperdicio de alimentos.
Al mismo tiempo, existe un creciente reconocimiento político de la necesidad de reducir el impacto medioambiental de la agricultura, dada la contribución del sector a las emisiones globales de GEI. En la cumbre climática COP28 celebrada en 2023, gobiernos nacionales representando un 75% de la población mundial firmaron una declaración en la que se comprometían a avanzar en la transición hacia prácticas de producción de alimentos más sostenibles, a proteger y restaurar los ecosistemas naturales, y a intensificar la resiliencia y la adaptación al clima.
La iniciativa “De la granja a la mesa” de la UE se propone pasar a la acción acelerando la transición hacia un sistema alimentario más sostenible manteniendo al mismo tiempo el acceso a alimentos seguros, nutritivos y asequibles. Sin embargo, aunque estos esfuerzos legislativos son encomiables a largo plazo, han propiciado un rechazo a corto entre los agricultores debido a costes de producción crecientes, con protestas en toda Europa durante 2024.
Dicho esto, el aumento de la legislación no bastará para imponer el cambio. Muchos consumidores se muestran cada vez más conscientes del impacto medioambiental de sus decisiones alimentarias, sobre todo las generaciones más jóvenes. En una encuesta realizada en 2023 a consumidores estadounidenses, un 42% afirmó considerar siempre o a menudo el impacto de sus compras de comida sobre el medioambiente, el doble que en 2019. Esto está ejerciendo presión sobre los productores alimentarios para que operen una cadena de suministro con mayores niveles de transparencia y trazabilidad.
La implementación de principios de economía circular en la producción de comida es una manera esencial de lograr la transformación necesaria de nuestros sistemas alimentarios. En lugar de prácticas que giran en torno a la extracción, una economía circular abarca procesos regenerativos, de reciclaje y de readecuación. En la práctica, esto significa reducir los insumos sintéticos y cerrar el bucle de recursos para impulsar la sostenibilidad y la resiliencia.
Esto puede implicar el reciclaje de residuos orgánicos como abono para mejorar la salud del suelo, animar a las empresas a concentrarse en readecuar los subproductos alimentarios y minimizar los deshechos, y respaldar la adopción de métodos agrícolas regenerativos, como por ejemplo el cultivo orgánico de cero o baja labranza.
Adoptar tales prácticas no solo abordaría ineficiencias en la cadena de suministro y el despilfarro alimentario, sino que también ayudaría a preservar los hábitats naturales y a reducir el impacto medioambiental de la agricultura.