
7 SEPT, 2026
Por RankiaPro

Los ETF activos han dejado de ser una simple alternativa de bajo coste para convertirse en una pieza cada vez más relevante de la construcción de carteras de los inversores profesionales. Su crecimiento, sin embargo, no responde únicamente a la búsqueda de eficiencia: refleja también un contexto de mercado marcado por índices más concentrados, cambios de régimen más veloces, incertidumbre macroeconómica persistente y una presión constante sobre las comisiones. Así lo plantea Tom Stephens, responsable de ETFs de Schroders, quien identifica cinco factores que, a su juicio, deberían guiar la selección de este tipo de productos.
Para Stephens, la primera pregunta que debe responder cualquier estrategia activa es de dónde procede realmente su rentabilidad diferencial. El objetivo, señala, es diferenciar entre un resultado favorecido por un entorno de mercado concreto y un proceso capaz de repetirse en distintos contextos. En su opinión, los análisis más útiles para el inversor profesional son aquellos que explicitan la ventaja competitiva de la estrategia, los supuestos sobre los que se sostiene y los escenarios en los que podría quedarse por debajo de las expectativas.
El responsable de ETFs de Schroders advierte de que el vehículo puede ser un mecanismo de ejecución eficiente, pero no siempre resulta adecuado para cualquier enfoque activo. La prueba, apunta, consiste en comprobar si la estrategia puede sostener liquidez diaria y escalar sin forzar concesiones que terminen diluyendo la tesis de inversión. A ello suma la cuestión de la transparencia: dependiendo de la estructura del producto, los requisitos de divulgación pueden condicionar tanto el proceso de generación de alfa como el comportamiento en la implementación.
Según Stephens, en los ETF activos el resultado final depende en gran medida de la disciplina aplicada a la construcción de la cartera: el dimensionamiento de las posiciones, la gestión del riesgo, las restricciones existentes y la velocidad a la que pueden variar las exposiciones. A esto se añade la gobernanza —derechos de decisión, supervisión y procedimientos de escalado—, que no garantiza una rentabilidad superior, pero sí aumenta la probabilidad de que la estrategia se comporte conforme a lo previsto, especialmente en momentos de tensión en los mercados.
Stephens subraya que las convicciones de cartera no bastan por sí solas: la calidad de la ejecución resulta clave en un vehículo negociable como el ETF. El aporte de liquidez, la creación de mercado, los diferenciales y el enfoque del gestor frente a la negociación pueden erosionar los resultados a través de costes de fricción si no se gestionan adecuadamente, sobre todo en condiciones de mercado menos favorables.
Por último, Stephens plantea que la evaluación debe partir del papel que se espera que cumpla el ETF activo: ¿una fuente de alfa diversificadora, una exposición básica con un perfil de riesgo definido, una herramienta para gestionar riesgos concretos o un componente dentro de una asignación basada en modelos? Tener esa función clara, señala, permite fijar el tamaño adecuado, el horizonte de evaluación y el comparador pertinente, y reduce el riesgo de elegir un producto por comodidad o familiaridad en lugar de por su encaje real.
El vehículo ETF, insiste Stephens, no genera alfa por sí mismo: este procede del proceso de inversión subyacente, de la construcción de la cartera y de la disciplina en la ejecución. A medida que los ETF activos se integran cada vez más en la infraestructura habitual de acceso a exposiciones activas, considera que las prácticas de due diligence deben evolucionar en paralelo, incorporando una visión más amplia sobre cómo se genera la rentabilidad, cómo se gestiona el riesgo y qué función concreta debe cumplir cada producto dentro de la cartera.
Carteras modelo de ETF frente a la selección de fondos tradicional: qué está impulsando el cambioPor RankiaPro
¿Puede la carrera por la IA ser compatible con un crecimiento sostenible?Por Lombard Odier