
16 MAR, 2026
Por Pictet AM

Como era de esperar, la volatilidad del oro —que subió cerca de un 30% en menos de un mes desde el inicio del año y luego perdió un 20% en días— ha hecho que algunos inversores duden de su papel como activo de cobertura. Sin embargo, se equivocarían al descartar su valor como vehículo para contrarrestar el riesgo –se comporta muy bien en algunas circunstancias y no tan bien en otras. Los inversores deben identificar a cuáles se enfrentan.
Existen tres fuentes principales de riesgo para las carteras: crecimiento económico, inflación y políticas gubernamentales. El oro no es una cobertura adecuada frente al riesgo de crecimiento, pero sí ha demostrado ser útil ante la inflación y la inestabilidad política. La ponderación de estos riesgos debería guiar la estrategia respecto al oro.
Actualmente, consideramos que el crecimiento es menos preocupante que la inflación y, sobre todo, que el riesgo político. Por ello, mantenemos una visión positiva sobre el metal precioso.
Los bonos son mejores coberturas en recesiones, caídas de la demanda y disminuciones de beneficios empresariales. El oro puede verse afectado en contextos económicos difíciles si los inversores liquidan posiciones defensivas para cubrir ajustes de márgenes en activos de riesgo.
Históricamente, el oro ha sido una cobertura frente a la inflación. Durante la crisis inflacionaria de los años 70, el oro pasó de 35 USD a casi 800 USD la onza, mientras el IPC de EE.UU. poco más que se duplicó. Sin embargo, en las décadas siguientes, el oro se estabilizó a medida que los bancos centrales controlaban la inflación y el orden mundial se basaba en políticas económicas liberales. Durante la “década NICE” (1992-2007), pocos inversores se interesaban por el oro; incluso el Reino Unido vendió parte de sus reservas.
La pandemia de COVID-19 y el posterior repunte inflacionario recordaron la utilidad del oro. Incluso ahora, con la inflación moderándose, el oro sigue siendo una cobertura frente a la volatilidad política. Su papel como refugio ante la incertidumbre política es histórico. En el último año, los inversores han enfrentado preocupaciones sobre el predominio fiscal —cuando las decisiones de los bancos centrales se ven condicionadas por las necesidades de financiación de los gobiernos— y la pérdida de credibilidad institucional. La repolarización geopolítica, guerras comerciales y la ruptura de alianzas explican por qué, pese a la volatilidad reciente, el oro mantiene una subida del 80% desde principios de 2025 en USD.
El oro no está exento de riesgos y es volátil, incluso más que algunos activos de riesgo: su volatilidad anualizada es del 16%, frente al 14% del S&P 500. No es inmune a ventas masivas; por ejemplo, sufrió una corrección tras la crisis inflacionaria post-pandemia, aunque se recuperó rápidamente, a diferencia de los “US Treasuries” protegidos frente a la inflación, que siguen un 8% por debajo de su valor.
Gran parte de la volatilidad del oro se debe a fluctuaciones extremas, conocidas como “colas gruesas”. Estas oscilaciones no implican falta de fundamentos, sino que el oro, al carecer de flujo de efectivo estabilizador y ser objeto de operaciones apalancadas, es más propenso a movimientos bruscos a corto plazo.
Actualmente, el oro sigue sus fundamentales. La demanda de inversión —más allá de la joyería o la tecnología— es elevada, reflejándose en su precio. Esto se debe en parte a la reacción de los bancos centrales tras la congelación de activos rusos, lo que implica que, desde 2022, se necesitarían movimientos de tipos de interés estadounidenses aún mayores para afectar el precio del oro como antes.
Esta volatilidad no debe ocultar el argumento a favor del oro en el contexto actual. Es fácil sobrevalorar otros activos frente al oro, en detrimento de los inversores. Por ejemplo, los bonos ligados a la inflación, aunque básicos en muchas carteras, son una cobertura imperfecta: si los gobiernos mantienen credibilidad, estos bonos sufren pérdidas cuando los bancos centrales suben los tipos, y estas no siempre se compensan con el aumento de los cupones ligados a la inflación. Además, la oferta de activos financieros crece constantemente, diluyendo su valor, mientras que la producción de oro es limitada y su oferta crece modestamente.
El oro no es un activo de bajo riesgo, pero sí un depósito de valor volátil. Es especialmente eficaz como cobertura frente a la inflación y el riesgo político, aunque no sustituye a los bonos, que protegen frente a recesiones económicas.
A lo largo de la historia, el oro ha ayudado a mitigar los efectos de la inflación y la incertidumbre política, algo que ni la renta variable ni otros activos logran igualar. El reto para los inversores es interpretar el contexto económico y geopolítico para decidir si mantener posiciones en oro y cuándo hacerlo. Como cualquier inversión, el oro no será rentable en todas las circunstancias. Reduciríamos nuestra posición si la Fed adoptara una postura mucho más restrictiva o si la geopolítica mundial cambiara hacia la cooperación. Hasta entonces, el oro sigue brillando para nosotros.
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