
3 MAR, 2022
Por Alex Bernhardt

En 2017 el expresidente francés Jacques Chirac dijo: “Nuestra casa arde y nosotros miramos a otro lado. Mutilada y sobreexplotada, la naturaleza no logra recuperarse y nos negamos a admitirlo. De norte a sur, contemplamos indiferentes su desarrollo insuficiente. La Tierra y la humanidad corren un serio peligro, y es por nuestra culpa.”

Podría decirse que este es un resumen preciso de lo ocurrido en la COP 26 de Glasgow. A muchos niveles, el acontecimiento fue una decepción, pero en retrospectiva, quizá nuestras expectativas sobre lo que podía lograrse no eran demasiado realistas. Antes que nada, debemos recordar que cualquier resultado de estas cumbres es por definición un compromiso. Las decisiones requieren la unanimidad de sus 197 miembros, y por decirlo diplomáticamente, lograr tal acuerdo no es tarea fácil. Así, quizá debamos replantearnos el objetivo de las COP. En lugar de esperar decisiones claras sobre todas las cuestiones planteadas, a lo mejor deberían verse meramente como un foro para generar apremio sobre temas cruciales, catalizar nuevas ideas, abrir nuevos frentes en la lucha contra el cambio climático y unir a todos aquellos dispuestos a comprometerse a realizar los cambios necesarios.
Así que, en lugar de calificar la COP26 de fracaso, quizá debamos considerar asimismo sus éxitos y el indudable impulso creado en el conjunto de la sociedad para asegurar que las futuras COP puedan lograr más aún.
La COP26 tuvo cuatro objetivos principales. A fin de evaluar de forma justa el resultado del evento, consideremos cada uno de ellos individualmente:

La reformulación de última hora del compromiso de eliminar progresivamente el uso de carbón a «reducirlo gradualmente» supuso la mayor decepción inmediata. Tal respuesta es comprensible, ya que la eliminación progresiva del carbón es un elemento clave en la defensa del planeta contra el cambio climático. No obstante, ¿era realista esperar que países como China y la India suscribieran tal compromiso?
El carbón aporta seguridad energética a muchos países que no disponen de otras fuentes. Por otra parte, la demanda energética de muchos países emergentes está creciendo en un momento en que se espera que la producción de energía se descarbonice. Desde este punto de vista, persuadir a muchos de sus gobiernos para que «reduzcan gradualmente» su uso de carbón debería considerarse como un triunfo. No cabe duda de que se necesita hacer más, pero el mundo desarrollado debe redoblar sus esfuerzos liderando la descarbonización de la energía y cumplir sus compromisos de cambio climático antes poder exigir tanto al mundo emergente.
Estados Unidos y China aportaron pocos detalles, pero el acuerdo de cooperación climática entre ambos países fue sobre todo simbólico. Conjuntamente, son responsables del 40% de las emisiones de carbono a nivel mundial. Como las dos mayores economías del mundo, tienen una oportunidad real para hacer mella en el cambio climático y ambos gobiernos expresan grandes aspiraciones en esta área.
Queda por ver si esta nueva fase representará una continuación de su rivalidad geopolítica (con ambos países tratando de superarse mutuamente en el ámbito del cambio climático) o si conducirá a una nueva era de verdadera cooperación, compartiendo know-how y tecnología. Desde una perspectiva de inversión medioambiental, no obstante, será necesario que mejore su actual relación, ya que la actual incertidumbre y presión sobre las cadenas de suministro están impidiendo el progreso.
Para mantener el impulso en la lucha contra el cambio climático, es importante reconocer que la COP es una iniciativa imperfecta, pero en última instancia positiva. Aunque quizá no logre todos los resultados deseados, constituye un vehículo exitoso para abrir nuevos frentes en la lucha contra la crisis y asegurar que el diálogo continúa. Sobre todo, las COP proporcionan una oportunidad para que los países se unan y formen una coalición de voluntades, en lugar de intentar abordar estos retos individualmente.
Dicho esto, se necesita urgentemente una mayor actuación en la carrera hacia la neutralidad de carbono (también sobre el terreno) para marcar la diferencia. Las ambiciones nacionales deberán intensificarse con rapidez, y los gobiernos tendrán que actuar de forma más decisiva que hasta la fecha.
¿Qué significará todo esto para los inversores? ¿Estarán expuestos a un mayor riesgo de transición, como por ejemplo los activos varados (obsoletos)?
Para investigar las mejores respuestas a estas preguntas, BNP Paribas Asset Management se ha unido como socio estratégico a Inevitable Policy Response (IPR), un consorcio de predicción de la transición climática. Este proyecto elaborará un escenario proyectado con las principales políticas susceptibles de implementarse en esta década y cuantificará el impacto de esta respuesta sobre la economía real y varios sectores de actividad.
Básicamente, su objetivo es considerar qué forma adoptará la transición específicamente, y en qué regiones, sectores y plazos, a fin de que las gestoras puedan ayudar a sus clientes a navegar la transición de forma óptima y asignar capital en oportunidades de alto crecimiento rentables, interesantes y dinámicas.
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