
29 OCT, 2025

Autor: Thomas Mucha, Geopolitical Strategist de Wellington Management
Nos enfrentamos a una inestabilidad global de una magnitud sin precedentes en la historia reciente. Actualmente hay más de 60 conflictos activos en todo el mundo, el nivel más alto desde la Segunda Guerra Mundial y el doble que hace apenas cinco años. Si a esto añadimos la presión derivada del cambio climático, obtenemos una auténtica tormenta perfecta. Para complicar aún más el panorama, la administración estadounidense revirtió más de 80 años de política exterior en sus primeros meses, introduciendo disrupciones comerciales, alterando alianzas globales y modificando significativamente el gasto público para alinearlo con las prioridades de 'Estados Unidos primero'. Como resultado, está surgiendo un nuevo conjunto de herramientas políticas entre los líderes mundiales, con múltiples implicaciones macroeconómicas y de mercado.
Tampoco podemos ignorar el impacto humano: una de cada ocho personas en el mundo está expuesta a conflictos. No obstante, en este artículo me centraré en las cinco formas en que las turbulencias geopolíticas actuales afectan a los inversores:
Las dos mayores economías del mundo, Estados Unidos y China, llevan décadas compitiendo por el liderazgo global. Nada indica que esta situación vaya a cambiar en el corto plazo, y se trata posiblemente del mayor desafío al que se enfrentan muchas economías. Cada una de estas potencias intenta superar a la otra en la carrera por la supremacía tecnológica, un choque que se ha intensificado con el meteórico avance de la inteligencia artificial (IA). Cabe la posibilidad de que esta «guerra fría» tecnológica cobre aún más impulso en los próximos años e, incluso, adquiera una dimensión militar.
Aunque el cambio climático genera un intenso debate, rara vez se aborda desde la perspectiva de la seguridad nacional, que, en mi opinión, constituye la amenaza más infravalorada. Las regiones ecuatoriales y tropicales —muchas de ellas ya focos de tensión geopolítica— podrían sufrir en los próximos años impactos catastróficos a medida que aumentan la magnitud y la frecuencia de los desastres naturales. Se trata de un problema de seguridad nacional, ya que es probable que estas áreas se enfrenten a escasez de alimentos y agua, lo que podría desencadenar guerras por los recursos y migraciones forzadas por el clima. Estos fenómenos amenazan con provocar el colapso de Estados, un repunte de la inestabilidad social y un aumento del extremismo.
El gasto militar global ha alcanzado un máximo histórico tras diez años consecutivos de aumentos. Entre los principales factores que explican este repunte figuran las amenazas de las grandes potencias —como China y Rusia—, la pérdida de confianza en el paraguas de seguridad de Estados Unidos y la creciente demanda de tecnologías de defensa innovadoras y eficaces.
Ucrania, en guerra con Rusia desde 2022, se ha convertido en un laboratorio de la guerra del futuro, con los primeros ejemplos de aplicación de la inteligencia artificial y la tecnología espacial, así como nuevos usos de drones y robótica. Los conflictos entre Israel y Palestina o entre Estados Unidos e Irán ofrecen lecciones adicionales.
Cuando se habla de inteligencia artificial, suele hacerse en relación con la productividad del sector privado. En raras ocasiones se aborda su papel en la seguridad nacional, a pesar de que desde hace años constituye un elemento esencial en el ámbito militar. En mi opinión, esta conexión no puede subestimarse. La IA está en el núcleo de aplicaciones militares analíticas, predictivas y operativas que determinan el guiado de misiles, los despliegues en el campo de batalla o el funcionamiento de los sistemas de armamento, entre otros ejemplos.
La fragmentación del orden mundial ha creado nuevos incentivos para recurrir a la disuasión «definitiva» a través de programas nucleares. Moscú ha llegado a amenazar con utilizar su arsenal, mientras que la capacidad nuclear de China ha crecido de forma significativa en los últimos años. Los programas de Corea del Norte e Irán aumentan el riesgo de proliferación en otras regiones, al igual que la pérdida de confianza en el paraguas de seguridad estadounidense mencionada anteriormente.
Desde una perspectiva de inversión, este nuevo (des)orden mundial exige una manera distinta de pensar. En un mundo disruptivo, es probable que surjan ganadores y perdedores claramente diferenciados. Los inversores pueden encontrar oportunidades atractivas a escala regional, nacional, sectorial, empresarial y de clase de activo, especialmente en las cinco áreas temáticas descritas.
Aunque lo fácil sería dejarse llevar por el pesimismo, los inversores cuentan con la capacidad y el incentivo para canalizar capital de formas que contribuyan a reducir el riesgo geopolítico, mejorar las perspectivas climáticas y ampliar los beneficios sociales y económicos de las tecnologías emergentes. En definitiva, puede que, después de todo, sí existan motivos para el optimismo, tanto en la búsqueda de alfa como en lo que respecta al futuro.
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