
26 OCT, 2026
Por RankiaPro

Las elecciones en Brasil han terminado con un desenlace que pocos mercados esperaban. Luiz Inácio Lula da Silva se impuso en la segunda vuelta con el 51,8 % de los votos válidos frente a Flávio Bolsonaro, y revirtió así el resultado de la primera ronda. La victoria abre un nuevo mandato presidencial en enero y llega acompañada de dudas sobre la sostenibilidad de las cuentas públicas, de un Congreso en manos de la oposición y del rechazo del candidato derrotado al resultado.
Los activos brasileños habían celebrado durante tres semanas la perspectiva de un cambio de gobierno, de modo que el ajuste inicial se anticipa severo en bonos y divisa. Más allá del impacto de las primeras horas, la pregunta de fondo para los inversores en deuda emergente es si el nuevo Ejecutivo estará dispuesto a presentar un plan fiscal creíble. Tres gestoras internacionales analizan el escenario.
Para Thierry Larose, gestor de carteras y analista de Vontobel, “la victoria de Lula es una sorpresa en sí misma”. Las últimas encuestas apuntaban a un resultado muy reñido, pero las plataformas de predicción daban a Flávio Bolsonaro como ganador con holgura, y los activos brasileños habían descontado un resultado favorable, en la expectativa de un ajuste fiscal profundo bajo su Gobierno.
Thomas Haugaard, gestor de carteras de Janus Henderson, añade que los mercados se habían desvinculado de los sondeos y que la deuda externa ya descontaba en gran medida la victoria de Bolsonaro, por lo que “el riesgo de una victoria de Lula no lo estaba”. Esa asimetría explica la intensidad del ajuste inicial.
Larose (Vontobel) prevé “una fuerte ola de ventas al inicio de la sesión del lunes”, con rentabilidades más altas en los bonos del Estado, una curva DI mucho más elevada y un real notablemente más débil, de modo que las pérdidas revertirían, como mínimo, las ganancias registradas tras la primera vuelta.
Haugaard (Janus Henderson) sitúa en la divisa el punto crítico: “La debilidad del real brasileño es el principal canal de transmisión”, al elevar las expectativas de inflación y los tipos locales. Viktor Szabó, director de inversiones en deuda de mercados emergentes de Aberdeen Investments, también espera una fuerte reacción negativa, tras un Ibovespa que subió más de un 8 % después de la primera vuelta, y cree que gran parte de ese movimiento se invertirá.
Larose, no obstante, considera que “la ola de ventas debería encontrar, en última instancia, algunos límites”, porque el banco central en el mercado de divisas y el Ministerio de Hacienda en el de deuda pública tienen capacidad considerable para evitar un ajuste caótico.
Szabó (Aberdeen) sostiene que, durante la campaña, “cuando estaban en juego los votos, la prudencia fiscal quedó en segundo plano”, con un aumento del 15 % en la Bolsa Família, impuestos federales a cero sobre la gasolina y nuevas ayudas. El margen es escaso: la deuda bruta ronda el 83 % del PIB, más de 10 puntos más en el mandato que termina, y el déficit, cercano al 10 %, se compone casi por completo de intereses.
Larose (Vontobel) cree que el Gobierno “no tendrá más remedio que emprender también medidas de consolidación fiscal”, aunque advierte de que la mayoría de los inversores duda de que basten para encarrilar la sostenibilidad de la deuda. Haugaard (Janus Henderson) admite que el deterioro puede acabar imponiendo disciplina a Lula, “pero es probable que los mercados exijan primero una prima de riesgo más elevada”.
Haugaard (Janus Henderson) y Szabó (Aberdeen) coinciden en que la primera señal será la composición del equipo económico. Szabó pide además un marco fiscal con superávits primarios suficientes para estabilizar la deuda, medidas sobre la indexación de las prestaciones y el gasto obligatorio, y un compromiso claro con la independencia del banco central.
Haugaard exige que ese equipo cuente con respaldo político y presente un ajuste cuantificado, centrado en el gasto y con apoyo del Congreso. Ahí está la dificultad, según Szabó: el Partido Liberal de Bolsonaro es la primera fuerza del Senado y el mayor bloque de la Cámara, y, como advierte, “el estancamiento no es sinónimo de consolidación”.
Los tres análisis apuntan al mismo punto de inflexión: Brasil conserva fundamentos sólidos, pero el mercado ya no pagará por promesas. Szabó subraya que pocos emergentes combinan su escala, recursos y profundidad institucional, con una inversión extranjera directa que cubre con creces el déficit por cuenta corriente. Haugaard matiza que una recuperación duradera de los diferenciales exige reformar el gasto recurrente, no medidas de ingresos ni un cambio de discurso.
Szabó recuerda que Lula ya combinó superávits primarios y crecimiento en sus dos primeros mandatos, hasta lograr el primer grado de inversión del país, y advierte de que, de no repetirlo, “la próxima corrección vendrá impuesta por los mercados en lugar de ser una decisión de Brasilia”.