
18 FEB, 2026

Autor: Shep Perkins, CIO de Putnam Investments (Franklin Templeton)
Quienes hayan estado pendientes de los mercados económicos y financieros durante los últimos años sabe que estos han estado marcados por sobresaltos macroeconómicos, tensiones geopolíticas y giros abruptos en la política monetaria. Es por ello por lo que resulta comprensible que muchos inversores afronten 2026 con una mezcla de prudencia y escepticismo. A pesar de que, en este contexto, la renta variable ha demostrado una notable capacidad de resistencia, el recuerdo de episodios recientes de volatilidad sigue muy presente.
En este sentido, la conversación dominante tiende a centrarse casi exclusivamente en los riesgos: qué podría torcerse y qué amenazas aún no se han materializado. Ese ejercicio es necesario, pero incompleto. Mirar al futuro exige también analizar qué factores podrían evolucionar de forma favorable y sostener los mercados. No se trata de negar los desafíos, sino de equilibrar el análisis y reconocer que, incluso en entornos complejos, existen dinámicas que pueden jugar a favor de la renta variable.
El comportamiento del mercado estadounidense en 2025 es un buen punto de partida. Tras un inicio de año convulso, con fuertes caídas ligadas a la incertidumbre sobre la política comercial y los aranceles, la renta variable sorprendió al alza. Los beneficios empresariales superaron expectativas, el mercado se amplió más allá de un puñado de grandes compañías y sectores diversos mostraron una resiliencia notable frente a un entorno macro exigente. Ese patrón invita a pensar que el crecimiento no ha dependido únicamente de un relato concreto, sino de una base más amplia.
De cara a 2026, uno de los elementos que podría seguir apoyando a los mercados es el entorno financiero global. Las bajadas coordinadas de tipos por parte de los bancos centrales han relajado las condiciones financieras y reducido una de las principales fuentes de presión de los últimos años. El sistema bancario estadounidense, además, parte de una posición relativamente sólida, con niveles de capital robustos y una morosidad contenida. Aunque persisten inquietudes en torno al consumo de los hogares de rentas medias y bajas, y la creación de empleo muestra señales de moderación, el escenario dista de ser contractivo.
La inflación, otro de los grandes focos de preocupación recientes, parece haberse estabilizado en una trayectoria más manejable. Incluso teniendo en cuenta el posible efecto retardado de los aranceles, las tendencias actuales sugieren que los repuntes de precios están, por ahora, bajo control. Este factor reduce el riesgo de un endurecimiento monetario inesperado y aporta un marco más previsible para la inversión empresarial.
En este contexto, la inteligencia artificial sigue desempeñando un papel central. El debate sobre una posible burbuja es legítimo, pero no debería eclipsar la magnitud del ciclo de inversión en marcha. Las cifras de gasto previstas en infraestructuras, software y capacidades relacionadas con la IA son elevadas y, probablemente, solo reflejan una fase inicial. Más allá de la tecnología en sentido estricto, esta ola de inversión está impulsando sectores vinculados a la generación y transmisión de energía, así como a la modernización de procesos productivos. A medida que la IA comience a traducirse en mejoras tangibles de productividad, su impacto podría extenderse a un abanico cada vez más amplio de empresas.
Existen también otros focos de potencial mejora menos visibles. El mercado de bienes inmuebles comerciales, muy castigado tras la pandemia, empieza a mostrar signos incipientes de estabilización. Asimismo, los incentivos a la inversión empresarial derivados de la Big Beautiful Bill y de un entorno regulatorio más favorable podrían animar nuevos proyectos de capital, reforzando el ciclo económico.
Desde el plano internacional, las incógnitas geopolíticas no son solo fuentes de riesgo, sino también de posibles catalizadores positivos. Un avance hacia una solución negociada en el conflicto entre Rusia y Ucrania, junto con los esfuerzos de reconstrucción posteriores, podría generar un impulso relevante para la actividad económica, especialmente en Europa. Del mismo modo, una relación comercial más constructiva entre Estados Unidos y China aliviaría tensiones y favorecería a la renta variable global.
La gran pregunta es si el mercado ya ha descontado todo este escenario favorable. Es cierto que las valoraciones se sitúan por encima de la media histórica, impulsadas en parte por grandes compañías de crecimiento. Sin embargo, un análisis más detallado muestra que muchas de estas empresas cotizan en línea con sus promedios de largo plazo, mientras que el resto del mercado parte de niveles que, hasta hace poco, reflejaban un exceso de cautela. La ampliación del crecimiento y la relajación de los tipos podrían justificar una reevaluación de esas expectativas.
Nada de esto implica un camino lineal. Un entorno de mayores valoraciones y fuertes inversiones en tecnologías con retornos aún inciertos suele venir acompañado de episodios de volatilidad más frecuentes. La experiencia de finales de los años noventa recuerda que los mercados pueden avanzar de forma sostenida incluso en contextos de elevada dispersión mensual.
Mirando a 2026, el mensaje clave no es que los riesgos hayan desaparecido, sino que centrarse únicamente en ellos ofrece una visión incompleta. En un entorno donde los beneficios siguen creciendo, las condiciones financieras se han relajado y la inversión en innovación gana tracción, la renta variable cuenta con argumentos para seguir avanzando. El reto para los inversores será convivir con la volatilidad sin perder de vista que, a veces, lo que puede ir bien resulta tan decisivo como aquello que podría salir mal.