
7 MAY, 2026

Autor: Departamento de Inversiones de NAO SAM
El episodio vivido en torno al Estrecho de Ormuz nos ha devuelto a una de las pruebas más incómodas para el inversor europeo: un shock de oferta energético en una economía que ya llegaba con poca holgura cíclica, bancos centrales con escaso margen para ser complacientes y una visibilidad macro que se ha vuelto a empañar. La tensión en petróleo, gas y electricidad no solo encarece costes; también cambia expectativas de inflación y tipos de interés, obliga a revisar pronósticos de beneficios empresariales y vuelve a poner en precio la fragilidad energética de Europa.
Tras la primera reacción de mercado, la situación parece haber entrado en una fase de calma incómoda. La relajación parcial de los combustibles permite recuperar parte del terreno perdido, pero no cambia el diagnóstico de fondo: si la energía se mantiene cara durante más tiempo, la inflación será más pegajosa, el BCE tendrá menos margen y el crecimiento europeo sufrirá. La tentación es correr detrás de los ganadores tácticos del shock —petróleo, defensa, fertilizantes o generación de energía—, pero en NAO SAM preferimos no construir carteras alrededor de un único factor geopolítico.
Nuestra tarea no es adivinar si Ormuz seguirá abierto, si el Brent se estabilizará en un nivel concreto o si el mercado descontará una o dos subidas adicionales de tipos. Lo que sí podemos hacer es seleccionar compañías con ventajas competitivas claras, balances sólidos, capacidad de fijación de precios y generación de caja suficiente para seguir invirtiendo, remunerando al accionista y creciendo aunque el entorno no acompañe.
A cierre de abril, NAO Renta Variable Europa mantiene una exposición a renta variable cercana al 89%, con liquidez suficiente para aprovechar oportunidades, pero sin refugiarnos estructuralmente en caja. Las principales posiciones reflejan bien esa filosofía: Intesa Sanpaolo, ASML, ING, Novartis, Allianz, Inditex, Ahold Delhaize, Schneider Electric, Alphabet y TSMC. No es una cartera pensada para ganar una semana de volatilidad; es una cartera pensada para atravesar ciclos comprando negocios que puedan seguir ganando dinero.
El primer bloque está formado por negocios de demanda estable. En alimentación, Ahold Delhaize aporta exposición a distribución alimentaria, escala y eficiencia operativa. En telecomunicaciones, Deutsche Telekom y KPN ofrecen recurrencia, visibilidad y servicios cada vez más esenciales. Cuando sube la energía y cae la confianza, el consumidor puede retrasar muchas decisiones, pero no deja de alimentarse ni de estar conectado.
A esa capa defensiva se suma salud, con Novartis, AstraZeneca, Sandoz y Roche, aunque gestionando activamente el tamaño de cada posición. La demanda sanitaria depende poco del ciclo económico; los grandes grupos farmacéuticos combinan márgenes elevados, propiedad intelectual y carteras diversificadas; y Sandoz aporta una vía más orientada a medicamentos esenciales y genéricos. No todos los valores defensivos protegen igual en todos los shocks, pero salud sigue siendo una temática clave cuando buscamos crecimiento razonable con menor sensibilidad al PIB.
El sector financiero también ocupa un lugar relevante, pero con un enfoque selectivo. En bancos, Intesa Sanpaolo, ING y Nordea combinan generación de capital, remuneración al accionista y valoraciones razonables. Un escenario de tipos más altos durante más tiempo puede sostener parte de sus ingresos, siempre que el deterioro macro no derive en un problema de crédito relevante. En seguros, Allianz, Generali, AXA y Prudential aportan balances sólidos, mejora en primas y retorno al accionista. Además, Deutsche Börse ofrece un perfil de infraestructura financiera con barreras de entrada, recurrencia y potencial beneficio en episodios de mayor volatilidad.
Si algo ha demostrado la crisis de Ormuz es que la eficiencia energética ya no es una temática bonita, sino una necesidad económica. Cuando el coste de la energía sube, empresas y gobiernos no solo buscan más suministro; buscan consumir mejor. Ahí encajan Schneider Electric, Legrand, Prysmian, Assa Abloy, Vinci, Andritz y Linde.
Schneider y Legrand están posicionadas en electrificación, automatización, gestión energética y centros de datos, justo donde se cruzan transición energética, digitalización e inteligencia artificial. Prysmian es una pieza clave en cableado especializado y conexiones de alta tensión, un cuello de botella evidente para redes eléctricas, renovables y grandes infraestructuras. Assa Abloy, Vinci y Andritz añaden exposición a seguridad, infraestructuras y equipamiento industrial, mientras que Linde combina liderazgo global en gases industriales con una base de clientes diversificada. Son negocios distintos, pero unidos por una idea: ayudan a resolver problemas reales de inversión, productividad y eficiencia.
La tecnología debe estar en cartera, pero no de cualquier manera. En un entorno de tipos más exigente no basta con comprar crecimiento; hay que comprar crecimiento rentable, con barreras de entrada y balances capaces de soportar contracciones de múltiplos. Por eso la exposición se concentra en ASML, TSMC, Microsoft, Alphabet y Apple.
ASML y TSMC son nombres estratégicos para la cadena global de semiconductores. Su crecimiento no depende solo del ciclo de consumo, sino de necesidades estructurales como inteligencia artificial, centros de datos, electrificación, automatización e internet de las cosas. Microsoft y Alphabet combinan escala, cloud, software, publicidad digital, ciberseguridad e inteligencia artificial. Apple aporta una base instalada difícil de replicar. La tecnología puede sufrir cuando suben los tipos, pero las plataformas que financian su crecimiento con caja propia y mantienen liderazgo sectorial deberían seguir aumentando beneficios con el tiempo.
El consumo discrecional exige prudencia en un entorno de menor renta disponible, pero no todas las compañías son iguales. Inditex, Hermès, L'Oréal y Richemont cuentan con marcas globales, escala, poder de fijación de precios, márgenes elevados y balances sólidos. Pueden atravesar fases de menor demanda, especialmente si el consumidor se frena, pero son negocios con una capacidad extraordinaria para proteger rentabilidad y capturar crecimiento cuando el ciclo se normalice.
En compañías más cíclicas, como Safran o Saint-Gobain, la clave es el tamaño de la posición y la asimetría. Safran, el fabricante francés de motores de aviación, mantiene una tesis de largo plazo apoyada en la escasez estructural de aviones para uso civil y militar, y aunque es lógico que sufra en episodios de tensión sobre el coste del carburante y restricciones a la movilidad geográfica, las palancas de crecimiento permanecerán intactas sobre la mesa esperando a que llegue la normalización. En Saint-Gobain hemos ajustado exposición por su mayor sensibilidad al coste de energía, sin perder de vista que rehabilitación, construcción ligera y materiales eficientes siguen siendo vectores relevantes a medio plazo.
La principal lección de este entorno es que el mercado puede cambiar de narrativa en cuestión de días, pero los buenos negocios no cambian tan rápido. Por eso no queremos una cartera cuya lógica descanse simplemente en Ormuz, ni tampoco en una hipotética decisión concreta del BCE. Queremos compañías que vendan productos y servicios necesarios, mantengan márgenes, generen caja operativa, remuneren al accionista y reinviertan en tendencias estructurales. Algunas crecerán más y otras menos; algunas atravesarán trimestres incómodos. Pero el hilo conductor es el mismo: calidad del negocio, disciplina financiera, liderazgo competitivo y sostenibilidad entendida como herramienta de análisis de riesgos. En momentos de ruido, la inversión vuelve a lo esencial: comprar beneficios futuros de empresas capaces de sobrevivir y prosperar cuando el entorno deja de ser fácil.